
Habíamos dormido, ¿cuánto, tres horas como mucho? La resaca respondía a las ganas de no pensar de la noche anterior. Una semana muy productiva, hundiéndose en laburo, la mente ocupada. El miedo, los nervios. Creo saber en que momento se acabaron. O mejor, en qué momento afloró la fe. Faltaba una hora para el partido y ya estábamos acomodados donde siempre. En la cola, esperando a que abran el Centenario, éramos fantasmas. Y adentro, algo nos sacudió.
“Mi viejo está presente”, decía una bandera. La estaban colgando. Y se nos vino con tado al balero el recuerdo de Huguito. Ante un estadio que se iba llenando y un campo d juego vacío, nos pusimos a llorar.
Y yo no podía parar. Estuve quince minutos llorando. Y en parte era porque sabía que íbamos a subir.
Estar bajo esa tormenta de papeles valió la pena todo el sufrimiento.
Y Quilmes manejaba el partido. Bien, tranquilo. Las cosas que un doble cinco puede hacer por tu ritmo cardíaco.
Aunque el gol no llegaba. Y es que el final tenía que ser a lo Quilmes.
Bien todos en el primer tiempo. Le faltó vértigo al Japonés, nomás. Bien Cerrito, mostrándose. Meza como siempre. Muy bien Kali, que hizo sus mejores partidos en estas dos últimas fechas. ¡Cómo pusieron Garnier y Gómez! Bien el fondo, impecable el Mugre. Y Tripodi no tuvo laburo, pero iba a estar.
El entretiempo era un sillón desvencijado en el pasillo de una maternidad. Mucho frío, acurrucados, mirando el reloj. ¿Qué sería?
En el segundo tiempo hubo un retroceso. Una vuelta a los partidos intrascendentes de esta campaña. Un cierre simétrico, recordando aquel cero a cero inicial contra Boca Unidos.
¿Cómo había sido el final de ese partido? No pasaba nada. ¿Queríamos que termine? Seguramente no. Pero se sabía que no iba a pasar nada.
La cabeza, qué bicho jodido. Tenía que susurrar: “ese es Belgrano, ¿te acordás de Belgrano?”
Entonces sí, por favor, que termine. Y, por supuesto, esperábamos para el final, la parte más dolorosa del parto.
Y entonces, uno de los momentos más extraños de mi historia con Quilmes. Lunati estaba señalando el centro. ¿En serio? ¿No íbamos a tener que regurgitar el corazón?
No, pero el corazón se nos fue en gritos. Yo parecía un burro agonizante. Me temblaba todo saltando frente a los jugadores en el arco del polideportivo. Se me contracturó la panza vivando a Tripo, que saltaba en el paragolpes de la autobomba. Se me estrujó el pecho en Rivadavia e Irigoyen.
Gracias Quilmes. Gracias Huguito.
“Mi viejo está presente”, decía una bandera. La estaban colgando. Y se nos vino con tado al balero el recuerdo de Huguito. Ante un estadio que se iba llenando y un campo d juego vacío, nos pusimos a llorar.
Y yo no podía parar. Estuve quince minutos llorando. Y en parte era porque sabía que íbamos a subir.
Estar bajo esa tormenta de papeles valió la pena todo el sufrimiento.
Y Quilmes manejaba el partido. Bien, tranquilo. Las cosas que un doble cinco puede hacer por tu ritmo cardíaco.
Aunque el gol no llegaba. Y es que el final tenía que ser a lo Quilmes.
Bien todos en el primer tiempo. Le faltó vértigo al Japonés, nomás. Bien Cerrito, mostrándose. Meza como siempre. Muy bien Kali, que hizo sus mejores partidos en estas dos últimas fechas. ¡Cómo pusieron Garnier y Gómez! Bien el fondo, impecable el Mugre. Y Tripodi no tuvo laburo, pero iba a estar.
El entretiempo era un sillón desvencijado en el pasillo de una maternidad. Mucho frío, acurrucados, mirando el reloj. ¿Qué sería?
En el segundo tiempo hubo un retroceso. Una vuelta a los partidos intrascendentes de esta campaña. Un cierre simétrico, recordando aquel cero a cero inicial contra Boca Unidos.
¿Cómo había sido el final de ese partido? No pasaba nada. ¿Queríamos que termine? Seguramente no. Pero se sabía que no iba a pasar nada.
La cabeza, qué bicho jodido. Tenía que susurrar: “ese es Belgrano, ¿te acordás de Belgrano?”
Entonces sí, por favor, que termine. Y, por supuesto, esperábamos para el final, la parte más dolorosa del parto.
Y entonces, uno de los momentos más extraños de mi historia con Quilmes. Lunati estaba señalando el centro. ¿En serio? ¿No íbamos a tener que regurgitar el corazón?
No, pero el corazón se nos fue en gritos. Yo parecía un burro agonizante. Me temblaba todo saltando frente a los jugadores en el arco del polideportivo. Se me contracturó la panza vivando a Tripo, que saltaba en el paragolpes de la autobomba. Se me estrujó el pecho en Rivadavia e Irigoyen.
Gracias Quilmes. Gracias Huguito.