Un puntazo

Hay una sensación de intemperie en el partido de visitante, algo que uno supone debe sentir el jugador sin un público que lo apoye: la ropa es conocida, tenés puesto el pijama, pero estás desayunando en la vereda. Oh, casualidad, yo tampoco pude dar cuenta en situación de hogar de los partidos de Quilmes en el interior. Ahora lo considero prácticamente una cábala, pero una con una vueltita extra, porque es algo que se me tiene que dar y no debo planear: siempre me tocó tener que estar haciendo algo en la calle —por suerte, y toco madera, todavía no me pasó con los partidos de local—, y siempre por cuestiones que me excedían. No funciona si digo nomás que me voy a comprar puchos.
El viernes otra vez me tocaba sufrir el partido lejos de casa, teniendo que viajar hasta los confines occidentales de la Capital Federal, flotando en la precariedad del transporte público, a través de las sinuosas mareas de tráfico porteñas.
La reunión terminó junto al primer tiempo, momento en el cual pude leer el resumen del primer tiempo vía SMS de mi novia: bien Quilmes, partido parejo, echaron a Meza. Carajo. Encima me había olvidado los auriculares.
De regreso a Correo Central, esperaba novedades con la vista fija en las baldosas porteñas, que se empujaban atolondradas. Nada, Quilmes mantenía el cero. Tomando ya calle Corrientes, estaba igual de nervioso, pero bastante menos asustado. Ya casi en el centro, estaba esperando el mensaje que diga que habíamos empatado.
De golpe, el chofer para el colectivo y dice algo. Yo venía en otra y me acerqué a preguntarle qué había dicho.
—Que termino acá, hay que bajar.
Faltaban como quince cuadras. Ni daba.
—Porque termino acá, flaco, dale que tengo que seguir.
Me di vuelta y empecé a ir despacio hasta la puerta del fondo.
—¿Me estás cargando, nene? Bajá de una vez.
No, no, no. Quilmes aguantaba.
—¡Te bajo del forro del orto!
No, viejo, vos te vas a quedar sentado. Yo me tomo mi tiempo y Quilmes aguanta.
Amagó a arrancar. Y dale nomás, si total me acercás más al final del recorrido. Se quedó en el ruido. Levanté el pie derecho bien alto, cosa que tarde en llegar al suelo. El Cervecero pisaba fuerte. Apenas bajé quiso salir a las chapas. Pero no le alcanzó para evitar la patada que le puse en el costado. Se fue con un bollo, un bollito. Un puntazo.