
Al final, eso de que Rosario estaba cerca resultó otra de las mentiras del Sr. Páez y las veintiún horas del día jueves nos encontraron en el medio del campo. Lejos de Quilmes, del sur del conurbano. Lejos de Quilmes, lejos de Córdoba. De golpe se nos estrujaron las tripas. Me fije la hora y, sí, ya debía de haber comenzado el partido. ¿Qué estaría pasando en Córdoba? Tratamos de dormir, pensar en otra cosa, pero nada. Sólo fijar la vista en lo negro de la noche, con una mano en el vientre y la otra entre los dientes.
El asiento del coche cama, recorrido Rosario-La Plata, se asemejaba más una banqueta en un pasillo de hospital que a una catrera de nombre bonito, con mil imágenes del partido tratando y nunca terminando de definirse, siempre ganadas por la penumbra. ¿Se podía, nuevamente? ¿Caerían las columnas de Alta Córdoba?
Las Cinco Profanaciones
Variante bíblica del turismo social, el fixture a principio de año se presentaba como un tour por templos extraños a modo de cordero sacrificial: Corrientes, Mar del Plata, Jujuy, San Juan, Córdoba, Santa Fe, Tucumán y Comodoro. El primero fue experiencia de degüello. En los demás, Quilmes fue profano, destándose las patas y meando la fiesta. En la última ocasión, la herejía desató la furia de los feligreses cuyanos. Imaginándola desde el micro, la cancha de Instituto era sangre o fuego. Sangre cervecera en el césped o fuego en las ruinas de La Gloria. Sabríamos luego que, cual Sansón, Sava volteó tempranamente los pilares del templo, que fue derrumbándose el resto del partido.
El asiento del coche cama, recorrido Rosario-La Plata, se asemejaba más una banqueta en un pasillo de hospital que a una catrera de nombre bonito, con mil imágenes del partido tratando y nunca terminando de definirse, siempre ganadas por la penumbra. ¿Se podía, nuevamente? ¿Caerían las columnas de Alta Córdoba?
Las Cinco Profanaciones
Variante bíblica del turismo social, el fixture a principio de año se presentaba como un tour por templos extraños a modo de cordero sacrificial: Corrientes, Mar del Plata, Jujuy, San Juan, Córdoba, Santa Fe, Tucumán y Comodoro. El primero fue experiencia de degüello. En los demás, Quilmes fue profano, destándose las patas y meando la fiesta. En la última ocasión, la herejía desató la furia de los feligreses cuyanos. Imaginándola desde el micro, la cancha de Instituto era sangre o fuego. Sangre cervecera en el césped o fuego en las ruinas de La Gloria. Sabríamos luego que, cual Sansón, Sava volteó tempranamente los pilares del templo, que fue derrumbándose el resto del partido.
Los Siete Jinetes del Apocalipsis
Ahora que tenemos la punta, la ilusión adopta una postura seria, responsable, ante la imagen de la catástrofe de quedarse en el Nacional. Abajo, acechan los jinetes: Instituto, equipo paradigmático del torneo, sin brillo pero fuerte, ordenado y vertical; San Martín de San Juan, que viene barranca abajo y se acerca al —como dije anteriormente— precipicio de Italiano, donde si no consigue tres puntos, termina de quebrarse; Olimpo, quizás el equipo que más demostró en cancha, aunque demasiado mezquino en ocasiones —no el caso de la última fecha, metiendo cuatro pepas en Jujuy—; Unión, un equipo feo que saca puntos; All Boys, en apariencia el más débil, no obstante tiene la ventaja de jugar fecha por medio en la canchita enana de Liliput, donde saben atar grandotes; Atlético Rafaela, que cayó en el pozo ciego del Accia, pero es un equipo tan raro que a lo mejor rebota y sigue rompiendo quinielas; y por último Belgrano, el más ganador de la segunda rueda, que se puso a tiro de los lugares importantes. Pueden ser los rostros de la guerra, el hambre y la muerte. También el del primer jinete: la victoria.
Las Nueve Casas del Ascendente
Nueve paradas hasta el final del recorrido. Pocas si venís de atrás, muchísimas si bancás arriba. La primera es con Defe, que está pasando un hambre de Biafra y ante Quilmes le pinta el canibalismo —aunque muchas veces se le caen los dientes—; después viene Santa Fe, otro templo donde esquivar la cuchilla; acá con Tiro, que es uno de los equipos con mejores números de la segunda rueda; luego a la casita de Tucumán, que está tambalenate pero se te puede caer encima; en el Centenario, Independietne Rivadavia, y el imperativo de humillar al equipo de Vila; más tarde a la Ciudad de los Vientos, donde, esperemos, la veleta quede apuntando al norte; de local contra Ferro, con enroque de técnicos y ojala también de resultados; Platense allá, que se va a estar jugando la permanencia y la última con Belgrano, que trae algunos recuerdos negros. Nueve fechas, nueve colores. Dios quiera que vaya de castaño a claro más que a oscuro.
Viaje al fin de la noche
Hablo de todo esto porque no pude ver el partido. Como en la novela de Céline, quería llegar hasta el fin de la noche. Ese lugar indeterminado pudo haber sido la terminal, la buena noticia, la punta del campeonato. O a lo mejor aun no estamos allí, sino que faltan un par de meses. Por lo pronto, el primer paso hacia la luz es este sábado, a la radiante hora de las cinco de la tarde.
Ahora que tenemos la punta, la ilusión adopta una postura seria, responsable, ante la imagen de la catástrofe de quedarse en el Nacional. Abajo, acechan los jinetes: Instituto, equipo paradigmático del torneo, sin brillo pero fuerte, ordenado y vertical; San Martín de San Juan, que viene barranca abajo y se acerca al —como dije anteriormente— precipicio de Italiano, donde si no consigue tres puntos, termina de quebrarse; Olimpo, quizás el equipo que más demostró en cancha, aunque demasiado mezquino en ocasiones —no el caso de la última fecha, metiendo cuatro pepas en Jujuy—; Unión, un equipo feo que saca puntos; All Boys, en apariencia el más débil, no obstante tiene la ventaja de jugar fecha por medio en la canchita enana de Liliput, donde saben atar grandotes; Atlético Rafaela, que cayó en el pozo ciego del Accia, pero es un equipo tan raro que a lo mejor rebota y sigue rompiendo quinielas; y por último Belgrano, el más ganador de la segunda rueda, que se puso a tiro de los lugares importantes. Pueden ser los rostros de la guerra, el hambre y la muerte. También el del primer jinete: la victoria.
Las Nueve Casas del Ascendente
Nueve paradas hasta el final del recorrido. Pocas si venís de atrás, muchísimas si bancás arriba. La primera es con Defe, que está pasando un hambre de Biafra y ante Quilmes le pinta el canibalismo —aunque muchas veces se le caen los dientes—; después viene Santa Fe, otro templo donde esquivar la cuchilla; acá con Tiro, que es uno de los equipos con mejores números de la segunda rueda; luego a la casita de Tucumán, que está tambalenate pero se te puede caer encima; en el Centenario, Independietne Rivadavia, y el imperativo de humillar al equipo de Vila; más tarde a la Ciudad de los Vientos, donde, esperemos, la veleta quede apuntando al norte; de local contra Ferro, con enroque de técnicos y ojala también de resultados; Platense allá, que se va a estar jugando la permanencia y la última con Belgrano, que trae algunos recuerdos negros. Nueve fechas, nueve colores. Dios quiera que vaya de castaño a claro más que a oscuro.
Viaje al fin de la noche
Hablo de todo esto porque no pude ver el partido. Como en la novela de Céline, quería llegar hasta el fin de la noche. Ese lugar indeterminado pudo haber sido la terminal, la buena noticia, la punta del campeonato. O a lo mejor aun no estamos allí, sino que faltan un par de meses. Por lo pronto, el primer paso hacia la luz es este sábado, a la radiante hora de las cinco de la tarde.







