jueves, 25 de febrero de 2010

QUILMES (1) - RAFAELA (3)

Historia Universal del Tiki Tiki
Edición condensada




Los ejércitos de la noche

La cancha es linda de noche. Hasta que ya no lo es. Linda como es la noche en verano, linda como es el regreso de una victoria. Hasta que la noche es esa hora en la que ya no pasan los colectivos y el Centenario es un lugar que queda lejos de casa. Cuando el Centenario es, en lo inmediato, un recuerdo amargo. La cancha es linda de noche, un verde vibrante bajo los reflectores. Hasta que las luces se apagan y quedan corriendo por el campo los fantasmas de los goles en contra. Corren por el Parque, por Villa Argentina, por Baranda y Triunvirato. Fantasmas como el 324, que de noche es un mero recuerdo del tráfico diurno.

De Varela siempre somos unos cuantos los que vamos. Yo vivo en el Cruce, y más o menos sé, dependiendo de qué ramal del 324 me tome, qué caras voy a encontrar arriba. Pero el jueves volvieron muchos fantasmas, de esos que ya no estaban en la cancha. El jueves me subí a un 324 repleto de hinchas de Quilmes. ¿Qué augurios traerían estos pasajeros ectoplasmáticos? Algunos salieron antes, otros al final. Casi todos terminaron como soldados de la luz mala, perdidos entre la parada del 6 y la parada del 9.

La cancha es linda de noche, como es lindo ser hincha de Quilmes. Hasta que se vuelve una película de terror.


Historia Universal del Tiki Tiki

Por fin Quilmes mostró el tan mentado fútbol asociado. El porcentaje de tenencia de balón debe haber sido el más alto en mucho tiempo. De entrada hasta insinuó. Aplaudí, mínimo, tres jugadas. Y cuando lo mejor estaba por venir, lo que vino fue la verdad despojada del Tiki Tiki: la insoportable levedad del fulbito.

El Tiki Tiki. El término se acuñó con el Huracán del año pasado, ¿verdad? El Tiki Tiki, entonces, no nace del molde del Barcelona —que posee en la presión en mitad de cancha una virtud tan grande como lo es la circulación de pelota— o el Brasil del 70. El mote que adornó a los subcampeones de Patricios, para mí, fue sugerido por la musa de los más célebres campeones morales de la historia del fútbol: Holanda del 74.

La Naranja Mecánica, el Tiki Tiki y una gran coincidencia, más allá de las ínfulas europeizantes de Cappa: ambos cayeron ante equipos fuertes, ordenados y dinámicos. El boqueo de la meritocracia contra la alegría de la copa. Eso mismo le pasó a Quilmes, a lo largo de un único partido: lirismo de pases cortos, contraataques e impotencia: La Historia Universal del Tiki Tiki. Edición condensada.


Los cínicos

La de los cínicos es una escuela de hinchas que predica un modo alternativo de lidiar con las periódicas frustraciones Quilmes. Está quien se quema la garganta con insultos, quien resopla y agacha la cabeza, quien alienta al equipo cual ente abstracto y transhistórico, quien se va antes de la cancha. Y están los cínicos.

Yo formé parte de esta escuela, cuando aquella serie de definiciones perdidas en fila, ya una década atrás. En ese entonces, la principal viga de la doctrina era Ceferino Díaz. Mientras que algunas sectas tienen sus Mesías o Elegidos, los cínicos tienen al Distinto.

Fracasamos, de todos modos. Faltó disciplina, quizás. Al final, se escaparon las lágrimas.


El jueves a la noche, me tocó volver a presenciar una reunión de este grupo, cuando el partido ya estaba definido para mal. Esto es parte de lo que escuché, unos escalones más arriba, en una popu que ya presentaba un paisaje ralo:

—Miralo, miralo, ¡qué grande Gutiérrez! —dijo uno de los cínicos, mientras el delantero cervecero quiso jugar para sí una pelota larga, perdiéndose esta por la línea lateral.
—¡Me emociona! ¡Leopoldo la agarra y me emociona!
—Es un distinto.
—Exacto, es un jugador distinto.

Risas. Risas de verdad. Toda la weltschmerz del mundo resonando en esas cajas torácicas.

sábado, 20 de febrero de 2010

GIMNASIA Y ESGRIMA DE JUJUY (1) - QUILMES (2)

Música Japonesa




Viernes a la noche. Los focos de la calle se descomponían en las gotitas de agua suspendidas en la ventana y la lucecita del modem titilaba en busca de conexión. Mientras hacía la parabólica humana para vencer la incomunicación y enganchar el partido en la radio, sonó un par de veces el timbre. Salí y me encontré con un amigo apoyándose en su 405, pálido y demacrado.

—No sabés la cantidad de agua que me entró en el auto.
—Uh, ¿te puedo dar una mano con algo?
—No, ya está todo en orden. Pero traje cerveza.

En Música Japonesa, de Quique Fogwill, hay un cuento donde el tren nocturno devuelve, una vez por semana, a un pueblo de interior de provincia los jóvenes que estaban luchando en una guerra con frente en el área metropolitana. Se llama “Los pasajeros del tren de la noche” y no hay mayores especificaciones acerca del campo de batalla salvo la mención de un intento de toma de una planta de DuPont —que tranquilamente podría ser la de Beraza—. La guerra es algo lejano en ese pueblo, manifiesta apenas en telegramas, perdida en la procesión interna de las madres. La misma distancia está en los soldados que vuelven: lejanías ambulantes, muertos en vida.
El viernes a la noche, yo me sentía un poco en ese pueblo. Mi barrio rara vez se anega, y los desastres de la inundación en la TV parecían pasar a miles de kilómetros de mi casa, además de tan ficticios —y alegóricos, ponele— como la guerra de Fogwill. Al mismo tiempo, Quilmes se preparaba para jugar en Jujuy. Y en ese clima de extrañamiento, Jujuy era como si me dijesen la Malasia. Una cancha rodeada de espíritus salvajes, bestias exóticas y aventureros de los cuatro vientos.
Mi amigo quería ir al corso de Varela. A mí me pareció raro y me explicó que era por una minita. Igual, debía de estar en shock por lo sucedido, o de lo contrario no me explico que no haya caído en que esa noche el corso, evidentemente, estaba suspendido.
Frente a la cancha del lobo jujeño sí había carnaval, o eso creí escuchar. Es que entre el relato de náufrago de mi amigo y el ruido blanco del transistor, la relación de lo que pasaba en Jujuy parecía llegar en otro idioma.

Creo que la cosa, entonces, fue más o menos así: Carrasco, perseguido por una tribu de jíbaros reductores de cabezas, se topó con una pelota que empujó a la red, y continuó su carrera hasta fuera del estadio, donde se mezcló en una línea de conga de cóndores antropomorfos y Caneo. Mientras, el acceso sudeste fue destruido por un kraken que emergió de las aguas nievas y el tráfico fue desviado hacia avenida Mitre, donde una falla tectónica amenazaba con abrirse. Luego me entero de que Trípodi se trenzó con un tigre. El arquero logró dominar al animal y atarlo a uno de los postes de su portería, por lo cual no pudo pisar el área chica por el resto de la noche. Afortunadamente, Caneo mantenía ocupado al enorme felino alimentándolo con otro Caneo. A todo esto, el Lobo había empatado de manera misteriosa. Simultáneamente, un grupo de juerguistas huérfanos del corso de Varela acabó perdido en los esteros de Quilmes Oeste, donde encontraron guía en Caneo, quien, navegando un volquete, oficiaba de psicopompo. Poco después, los fantasmas del Imperio Inca bajaron hasta la Tacita de Plata para llenar las gradas vacías, aumentando el grado de tensión, ya que no estaban muy conformes con el partido. La cosa no pasó a mayores gracias a un pedido de calma de Caneo. Minutos antes de las once, Buenos Aires fue declarada Ciudad Submarina y Aquaman —quien presentaba una llamativa semejanza a un Jorge Telerman con peluca— investido con la Jefatura de Gobierno. Por ahí me pareció escuchar un gol de Caneo.



El nombre de Caneo se distinguía a intervalos tan regulares que el ruido tomó algo de orden y empezó a ser música. En el silencio de la ciudad, su noche y sus comparsas mojadas, el tren de palabras en japonés de Di Blasi, montado en los rieles de la victoria cervecera, sonó a Carnavalito.

domingo, 14 de febrero de 2010

ALDOSIVI (0) - QUILMES (1)

Por cuatro días locos




Jueves

“Total, por cuatro días locos”, decían en aquella película de los cincuenta —con la canción homónima como leit motiv—, antes de escaparse a La Feliz. Un partido en la costa y en temporada es como que te encarnen con lomo, pero en zona prohibida: muchos cerveceros hundirán los pies en la arena de Mar del Plata, y se quitarán la camiseta y la garganta para ir a la cancha. A nosotros, la posibilidad del viaje nos duró poco. El sábado, mi novia iba a estar en Uruguay. Yo tendría la despedida de soltero de un amigazo.
La preocupación, entonces, pasó a ser cómo seguirle el rastro al partido.

—¿Y si me llevo unos auriculares?
—¿A la fiesta? Mejor llevo yo y te voy avisando por celular.
—¿Y cómo escuchás el partido en Uruguay?

Al final le cambiaron el horario al partido y le dieron tele. Mi novia iba a estar pendiente de mis mensajes de texto. Mientras, se iba planeando la despedida. El mail de un amigo:

Che, me enteré que va el padre de la novia! A mí me trae unas dudas eso, respecto a qué hacer. Porque podemos quedar de dos maneras. Una: “no sabés, hija, los amigos de tu novio son unos zarpados, le llevaron un traba”. La otra: “no sabés, hija, los amigos de tu novio son unos nabos, lo disfrazaron de cowboy”.

Así, entre el tironeo del descontrol y la mesura, se fueron colando las posibles formaciones de Quilmes, que a esa altura de la semana ya estaba definida, al menos en cuanto a sistema. Dos líneas de cuatro, un mediapunta y el Bati Carrasco. Una propuesta de pelota al pie, cuyo destino en el área rival era una incógnita.

Viernes

Equipo confirmado: Trípodi; Martínez, Quiles, Rodríguez, Corvalán; Garnier, López, Meza Sánchez, Battaglia; Caneo; Carrasco. Gustito agridulce: Robinho López es una opción para nada conservadora, pero da cosa verlo a Panchito Cerro en el banco.
Ahora, ¿qué es, bien, ser conservador? ¿Mezquinar en el aspecto vistoso es lo mismo que no arriesgar?

Suena la voz de Alberto Castillo:
“Por cuatro días locos te tenés que divertir”. Yo nunca me aburrí jugando al fútbol. Pero, ¿qué pasa con un jugador profesional? Apuntar al ideal lúdico del fútbol incide en una recurrencia curiosa: ¿qué compone la dimensión lúdica de algo que, ya de por sí, es un juego? Despejemos la equis escindiendo el modo de los objetivos. Resultado: fulbito.

Por mail, se iban perfilando para la despedida propuestas no muy pecaminosas:

Podemos disfrazarlo de loca y ponerle de corbata un aparato genital de utilería

Sale pegarle los dedos con la gotita, dejándole el del medio levantado (se lo podemos entablillar)?


Hay que afeitarle todo el cuerpo, que bastante peludo es

Podríamos hacerle creer que lo estamos tiñendo, tiene miedo de que lo tiñan


Y tonterías similares. Poco material para arrepentimientos.



Sábado

Ojalá hubiese visto fulbito. Pero bueno, las condiciones tampoco eran las más propicias, con mucho viento y un campo desastroso, y se acabó transportando demasiado la pelota —aunque, salvo por un par de excepciones, las individualidades tuvieron una tarde aceptable y en el manejo del balón en singular se halló una suerte de recurso para poner paños fríos al partido cuando levantó un poco de temperatura—.

Lo sabido: Caneo fue el punto alto del equipo y su visión diferencial propició la habilitación que devino en el gol de Quiles. Con el uno a cero encima, me subí al auto para enfilar hacia la despedida de soltero. Nos juntábamos en el centro de Varela, y el corso que ocupa la Avenida San Martín ralentó el viaje lo suficiente como para terminar de escuchar el partido en boca de Di Blasi. Tras los nervios porque se me hacía tarde, el sufrimiento de un partido que no se terminaba de definir y la ansiedad por mandar de una vez el bendito mensajito que notifique a mi novia de la victoria, bajé del auto abriendo la válvula de escape y me dejé llevar.

El locutor del boliche al que fuimos dijo que una despedida exitosa es aquella que finaliza con el novio desistiendo del matrimonio.



Domingo

Al final, no se trató del éxito de una sola noche, sino del principio de algo más. Nuestro amigo no acabó en ningún hospital y todavía se casa. Yo me levanté con una resaca ligera. La tabla de posiciones en el diario hizo que me olvide de la monotonía del partido. La esperanza de festejar todavía está. La de divertirse, a lo mejor también.

“Por cuatro días locos que vamos a vivir”. Y sí, puede ser. Pero por cuatro días locos vamos a vivir nosotros. Quilmes, no. Quilmes sigue.

domingo, 7 de febrero de 2010

QUILMES (2) - DEPORTIVO MERLO (0)

Los resortes de la Esperanza



Uno sigue viendo fútbol, primero, porque es una cosa hermosa, y después, porque le gusta hacerse un poco de teatro. Veamos: una recurrencia futbolística, dentro de un corte anual o semestral, es la derrota. Aunque seas del Real Madrid, siempre van a ser más las veces en las que tu equipo no salga campeón. No nos volcamos, sin embargo, a la tan mentada “épica del fracaso”, sino que echamos mano al autoengaño: la derrota, en el fútbol, es siempre un momento horrendo, y la lógica de la cuál se alimenta este deporte-espectáculo es la suposición de que aquel nunca llegará. Ese es el motor: creer, durante la mayor cantidad de tiempo posible, que se puede alcanzar el objetivo.

Dentro de la misma dinámica, cuando la energía volcada a esta creencia no encuentra un cauce por el cual continuar, desborda. La bronca de la hinchada, el enojo con plantel-cuerpotécnico-dirigentes, se da cuando el circuito del anhelo se interrumpe prematuramente. Si se pierde un campeonato en la última fecha, hay, por supuesto, desazón, y hasta algún brote violento, pero no es frecuente la recriminación a los propios. Es que la ilusión ha completado su recorrido, hasta el punto en que se quema o se desvanece.

Luego, entran factores importantes como antecedentes y constantes. Si bien la derrota es, como dije, una recurrencia, se necesita de cierta variedad para mantener tirantes los resortes de la esperanza. Simple: si te cuentan siempre el mismo cuento, sabés de antemano el final. Y si el final no te gusta, es probable que no quieras volver a oír el cuento. El hincha no se cansa de perder, pero puede cansarse de perder siempre.

El fútbol, en tanto fenómeno narrativo —sea esto, la manera en que excede discursivamente los 90 minutos y los 22 jugadores—, conjuga las variables del resultado deportivo con categorías sociales, económicas y culturales, resultando en una identidad de hincha con voluntad de poder y acumulación. Una carrera por status que no tiene una salida individual: uno bien podría cambiarse de cuadro, eligiendo al más ganador. Pero no, la conquista debe ser grupal. El hecho de que uno elija de qué cuadro hacerse a edad temprana y poco racional, supone que el cuadro a uno prácticamente le ha tocado en suerte, así como la propia condición de clase. La victoria, el prestigio, el salir de la mishiadura, siempre están dentro de un orden afectivo-colectivo. No es de extrañar que en un país futbolero como el nuestro, el movimiento político con bases más fuertes es aquel cuya fuerza, valga la redundancia, radica más en su lazo sentimental que en sus fundamentos teóricos.

Así, el hincha de Quilmes puede verse como parte de un pueblo que vivió días felices, atravesó varias crisis y renovó periódicamente sus esperanzas, con un horizonte de alegría y fotos ajadas al que cuesta mucho ganarle unos metros. Para algunos, las malas son un recuerdo demasiado vívido y caen en la resignación. Otros, vuelven una y otra vez a entusiasmarse. El fútbol en gran parte enamora porque puede dar más oportunidades que la vida misma.




Distintas maneras de arrastrar el aura, que, muchas veces, también es una chapa a mantener. En la divisional, Quilmes siempre es visto como aquel guapo del que se cuentan grandes hazañas y con el que hay que medirse para hacerse un nombre. Volvimos, entonces, al Centenario, con esas estrofas finales de “Corrientes y Esmeralda” repiqueteando en el oído: “en tu esquina rea, cualquier cacatúa sueña con la pinta de Carlos Gardel”. Sobre todo, viniendo de vivir otra línea del tango que allá lejos y hace tiempo escribió Celedonio Flores, aquella que dice “cuando un cajetilla los calzó de cross”. Que un punto le de un mazazo al team de la blanquita, deja grogui a todo el orgullo colectivo que lo acompaña. Así volvimos, repito, al Centenario: prudentes, expectantes. Nadie gastaba aliento a crédito. La ilusión estaba en el purgatorio, esperando a ver si le subían o bajaban el pulgar. Un punto de acumulación, una represa, donde no terminaba de resolverse cómo iría a estallar lo que llevábamos dentro. En la cancha tampoco se resolvía nada.

No es mi intención detallar los pormenores del partido, sino más bien bajar un par de sensaciones y la manera en que se uno enrosca a partir de ellas. Puedo decir, quizá, que me hubiese gustado ver la combinación de este Caneo lanzador con un Búfalo en buen estado. También puedo decir que este equipo tiene buen pie, pero le falta Fe. Da la impresión de que, tanto a la hora de mostrarse, combinar con un compañero o intentar al arco, se carece de la convicción de un final venturoso para la jugada. De todos modos, no hay falta de Fe que un par de milagros no puedan solucionar.



El sábado apareció Dieguito Cardozo. Yo, entre el calor y la tensión, grité hasta quedarme sin aire y me desvanecí. Me fui de traste al cemento y quedé prendido de la pierna de mi novia. Pobre, se pasó el resto del partido abanicándome y pidiéndome que no me ponga nervioso. Es que, el mediocampo que paró Ghiso, sólo puede funcionar defensivamente de una manera: teniendo la pelota. Hubo que presenciar, pues, una serie de embates contra la última línea, que por suerte no pasaron a mayores.

Al final llegó el segundo de Cardozo. En un estado lamentable, abracé fuerte a mi novia para contener el grito.

Ella me abrazó fuerte para que no me caiga.