Los ejércitos de la noche
La cancha es linda de noche. Hasta que ya no lo es. Linda como es la noche en verano, linda como es el regreso de una victoria. Hasta que la noche es esa hora en la que ya no pasan los colectivos y el Centenario es un lugar que queda lejos de casa. Cuando el Centenario es, en lo inmediato, un recuerdo amargo. La cancha es linda de noche, un verde vibrante bajo los reflectores. Hasta que las luces se apagan y quedan corriendo por el campo los fantasmas de los goles en contra. Corren por el Parque, por Villa Argentina, por Baranda y Triunvirato. Fantasmas como el 324, que de noche es un mero recuerdo del tráfico diurno.
De Varela siempre somos unos cuantos los que vamos. Yo vivo en el Cruce, y más o menos sé, dependiendo de qué ramal del 324 me tome, qué caras voy a encontrar arriba. Pero el jueves volvieron muchos fantasmas, de esos que ya no estaban en la cancha. El jueves me subí a un 324 repleto de hinchas de Quilmes. ¿Qué augurios traerían estos pasajeros ectoplasmáticos? Algunos salieron antes, otros al final. Casi todos terminaron como soldados de la luz mala, perdidos entre la parada del 6 y la parada del 9.
La cancha es linda de noche, como es lindo ser hincha de Quilmes. Hasta que se vuelve una película de terror.
Historia Universal del Tiki Tiki
Por fin Quilmes mostró el tan mentado fútbol asociado. El porcentaje de tenencia de balón debe haber sido el más alto en mucho tiempo. De entrada hasta insinuó. Aplaudí, mínimo, tres jugadas. Y cuando lo mejor estaba por venir, lo que vino fue la verdad despojada del Tiki Tiki: la insoportable levedad del fulbito.
El Tiki Tiki. El término se acuñó con el Huracán del año pasado, ¿verdad? El Tiki Tiki, entonces, no nace del molde del Barcelona —que posee en la presión en mitad de cancha una virtud tan grande como lo es la circulación de pelota— o el Brasil del 70. El mote que adornó a los subcampeones de Patricios, para mí, fue sugerido por la musa de los más célebres campeones morales de la historia del fútbol: Holanda del 74.
La Naranja Mecánica, el Tiki Tiki y una gran coincidencia, más allá de las ínfulas europeizantes de Cappa: ambos cayeron ante equipos fuertes, ordenados y dinámicos. El boqueo de la meritocracia contra la alegría de la copa. Eso mismo le pasó a Quilmes, a lo largo de un único partido: lirismo de pases cortos, contraataques e impotencia: La Historia Universal del Tiki Tiki. Edición condensada.
Los cínicos
La de los cínicos es una escuela de hinchas que predica un modo alternativo de lidiar con las periódicas frustraciones Quilmes. Está quien se quema la garganta con insultos, quien resopla y agacha la cabeza, quien alienta al equipo cual ente abstracto y transhistórico, quien se va antes de la cancha. Y están los cínicos.
Yo formé parte de esta escuela, cuando aquella serie de definiciones perdidas en fila, ya una década atrás. En ese entonces, la principal viga de la doctrina era Ceferino Díaz. Mientras que algunas sectas tienen sus Mesías o Elegidos, los cínicos tienen al Distinto.
Fracasamos, de todos modos. Faltó disciplina, quizás. Al final, se escaparon las lágrimas.
El jueves a la noche, me tocó volver a presenciar una reunión de este grupo, cuando el partido ya estaba definido para mal. Esto es parte de lo que escuché, unos escalones más arriba, en una popu que ya presentaba un paisaje ralo:
—Miralo, miralo, ¡qué grande Gutiérrez! —dijo uno de los cínicos, mientras el delantero cervecero quiso jugar para sí una pelota larga, perdiéndose esta por la línea lateral.
—¡Me emociona! ¡Leopoldo la agarra y me emociona!
—Es un distinto.
—Exacto, es un jugador distinto.
Risas. Risas de verdad. Toda la weltschmerz del mundo resonando en esas cajas torácicas.
La cancha es linda de noche. Hasta que ya no lo es. Linda como es la noche en verano, linda como es el regreso de una victoria. Hasta que la noche es esa hora en la que ya no pasan los colectivos y el Centenario es un lugar que queda lejos de casa. Cuando el Centenario es, en lo inmediato, un recuerdo amargo. La cancha es linda de noche, un verde vibrante bajo los reflectores. Hasta que las luces se apagan y quedan corriendo por el campo los fantasmas de los goles en contra. Corren por el Parque, por Villa Argentina, por Baranda y Triunvirato. Fantasmas como el 324, que de noche es un mero recuerdo del tráfico diurno.
De Varela siempre somos unos cuantos los que vamos. Yo vivo en el Cruce, y más o menos sé, dependiendo de qué ramal del 324 me tome, qué caras voy a encontrar arriba. Pero el jueves volvieron muchos fantasmas, de esos que ya no estaban en la cancha. El jueves me subí a un 324 repleto de hinchas de Quilmes. ¿Qué augurios traerían estos pasajeros ectoplasmáticos? Algunos salieron antes, otros al final. Casi todos terminaron como soldados de la luz mala, perdidos entre la parada del 6 y la parada del 9.
La cancha es linda de noche, como es lindo ser hincha de Quilmes. Hasta que se vuelve una película de terror.
Historia Universal del Tiki Tiki
Por fin Quilmes mostró el tan mentado fútbol asociado. El porcentaje de tenencia de balón debe haber sido el más alto en mucho tiempo. De entrada hasta insinuó. Aplaudí, mínimo, tres jugadas. Y cuando lo mejor estaba por venir, lo que vino fue la verdad despojada del Tiki Tiki: la insoportable levedad del fulbito.
El Tiki Tiki. El término se acuñó con el Huracán del año pasado, ¿verdad? El Tiki Tiki, entonces, no nace del molde del Barcelona —que posee en la presión en mitad de cancha una virtud tan grande como lo es la circulación de pelota— o el Brasil del 70. El mote que adornó a los subcampeones de Patricios, para mí, fue sugerido por la musa de los más célebres campeones morales de la historia del fútbol: Holanda del 74.
La Naranja Mecánica, el Tiki Tiki y una gran coincidencia, más allá de las ínfulas europeizantes de Cappa: ambos cayeron ante equipos fuertes, ordenados y dinámicos. El boqueo de la meritocracia contra la alegría de la copa. Eso mismo le pasó a Quilmes, a lo largo de un único partido: lirismo de pases cortos, contraataques e impotencia: La Historia Universal del Tiki Tiki. Edición condensada.
Los cínicos
La de los cínicos es una escuela de hinchas que predica un modo alternativo de lidiar con las periódicas frustraciones Quilmes. Está quien se quema la garganta con insultos, quien resopla y agacha la cabeza, quien alienta al equipo cual ente abstracto y transhistórico, quien se va antes de la cancha. Y están los cínicos.
Yo formé parte de esta escuela, cuando aquella serie de definiciones perdidas en fila, ya una década atrás. En ese entonces, la principal viga de la doctrina era Ceferino Díaz. Mientras que algunas sectas tienen sus Mesías o Elegidos, los cínicos tienen al Distinto.
Fracasamos, de todos modos. Faltó disciplina, quizás. Al final, se escaparon las lágrimas.
El jueves a la noche, me tocó volver a presenciar una reunión de este grupo, cuando el partido ya estaba definido para mal. Esto es parte de lo que escuché, unos escalones más arriba, en una popu que ya presentaba un paisaje ralo:
—Miralo, miralo, ¡qué grande Gutiérrez! —dijo uno de los cínicos, mientras el delantero cervecero quiso jugar para sí una pelota larga, perdiéndose esta por la línea lateral.
—¡Me emociona! ¡Leopoldo la agarra y me emociona!
—Es un distinto.
—Exacto, es un jugador distinto.
Risas. Risas de verdad. Toda la weltschmerz del mundo resonando en esas cajas torácicas.


