
Pasó un tiempo. El festejo se diluyó en la aventura maradoniana, que se diluyó en la amargura contra Alemania, que se fue apagando entre el laburo y las noticias del pago chico, que generaron expectativa primero, preocupación después, nuevamente expectativa porque sí, por poder volver al Centenario, junto a una tenue satisfacción por un funcionamiento amable a los ojos del equipo de blanco y una explosión tardía en el gol de Jota.
El partido contra Colón aportó una cuota de tranquilidad a una semana de por sí movida. Había que ser visitante en el Centenario y todos, seguramente, tendrían algo que decir.
Primero, yo no esperaba un buen resultado contra el pincha. El momento de renovar el crédito al equipo era antes del partido. No podía ser parámetro Estudiantes. Y tampoco el escenario. No íbamos a ser locales en el Centenario; a lo sumo, “menos visitantes”. Al final, nosotros nos hicimos sentir más, pero el factor “presión de estadio” era patrimonio platense. Tres lados del cuadrilátero eran albirrojos. Tres cuartas partes de los quejidos ante las decisiones arbitrales, también. Y sumando a esto el factor Verón, Beligoy terminó dándole a Quilmes trato de visitante.
Por supuesto que Quilmes no me gustó. Creo que a nadie le gustó. Si alcanzábamos el punto, por supuesto, lo íbamos a festejar. Pero no lo íbamos a alcanzar porque hubiésemos cerrado el partido, sino porque Tripodi había cerrado el arco. Sin embargo, repito, el pincha no puede ser parámetro, no en este momento.
Creo que vamos a andar bien. Pero no es en lo que estoy pensando en este momento. Esperanza hay, pero no me siento muy bien ahora por eso.
No. El domingo no la pasé nada bien. Creo que nunca me sentí tan mal en una cancha. Una sensación extraña, como despertarte en tu cama y que tu mujer te quiera apuñalar. Como una reversión perversa del cuentito gorila de Cortázar con el que tanto insisten siempre.
Salí para ir al Centenario. Me tomé, como siempre, el 324. Me bajé, como siempre, en la esquina del Parque de la Cervecería. Después, como en un sueño, pasé de un lugar conocido a uno extraño. Como en un sueño, entré a mi casa por una puerta que no era la de mi casa. Como en una pesadilla, mi casa no era mi casa.
Como en un sueño, el Chapu Braña metió un pique de cincuenta metros y definió picando la bocha contra un palo. Como en una pesadilla, el Chapu no tenía la de Quilmes.
Como en una pesadilla, de esas en que quedás paralizado, de esas en las que un demonio se te sienta en el pecho, nos quedamos viendo el césped vacío de un lugar que no terminábamos de reconocer. Un mundo absurdo de atajos y barreras invisibles. Un Quilmes en el que no me dejaban salir hasta Triunvirato por una Vicente López desierta.
Desperté a un lunes feriado, cosa de no salir del extrañamiento. Habrá que laburar medio dormido esta semana, entonces. Porque no creo que vaya a volver a la vigilia hasta el sábado a la tarde, contra el grana, en mi lugar y esperando ganar.
El partido contra Colón aportó una cuota de tranquilidad a una semana de por sí movida. Había que ser visitante en el Centenario y todos, seguramente, tendrían algo que decir.
Primero, yo no esperaba un buen resultado contra el pincha. El momento de renovar el crédito al equipo era antes del partido. No podía ser parámetro Estudiantes. Y tampoco el escenario. No íbamos a ser locales en el Centenario; a lo sumo, “menos visitantes”. Al final, nosotros nos hicimos sentir más, pero el factor “presión de estadio” era patrimonio platense. Tres lados del cuadrilátero eran albirrojos. Tres cuartas partes de los quejidos ante las decisiones arbitrales, también. Y sumando a esto el factor Verón, Beligoy terminó dándole a Quilmes trato de visitante.
Por supuesto que Quilmes no me gustó. Creo que a nadie le gustó. Si alcanzábamos el punto, por supuesto, lo íbamos a festejar. Pero no lo íbamos a alcanzar porque hubiésemos cerrado el partido, sino porque Tripodi había cerrado el arco. Sin embargo, repito, el pincha no puede ser parámetro, no en este momento.
Creo que vamos a andar bien. Pero no es en lo que estoy pensando en este momento. Esperanza hay, pero no me siento muy bien ahora por eso.
No. El domingo no la pasé nada bien. Creo que nunca me sentí tan mal en una cancha. Una sensación extraña, como despertarte en tu cama y que tu mujer te quiera apuñalar. Como una reversión perversa del cuentito gorila de Cortázar con el que tanto insisten siempre.
Salí para ir al Centenario. Me tomé, como siempre, el 324. Me bajé, como siempre, en la esquina del Parque de la Cervecería. Después, como en un sueño, pasé de un lugar conocido a uno extraño. Como en un sueño, entré a mi casa por una puerta que no era la de mi casa. Como en una pesadilla, mi casa no era mi casa.
Como en un sueño, el Chapu Braña metió un pique de cincuenta metros y definió picando la bocha contra un palo. Como en una pesadilla, el Chapu no tenía la de Quilmes.
Como en una pesadilla, de esas en que quedás paralizado, de esas en las que un demonio se te sienta en el pecho, nos quedamos viendo el césped vacío de un lugar que no terminábamos de reconocer. Un mundo absurdo de atajos y barreras invisibles. Un Quilmes en el que no me dejaban salir hasta Triunvirato por una Vicente López desierta.
Desperté a un lunes feriado, cosa de no salir del extrañamiento. Habrá que laburar medio dormido esta semana, entonces. Porque no creo que vaya a volver a la vigilia hasta el sábado a la tarde, contra el grana, en mi lugar y esperando ganar.




